La Biblia nos dice claramente:
“Cuídense unos a otros para que ninguno de ustedes deje de recibir la gracia de Dios. Tengan cuidado de que no brote ninguna raíz venenosa de amargura, la cual los perturbe y envenene a muchos.” Hebreos 12:15
¿Por qué nos cuesta tanto decir lo que sentimos?
Porque vivimos en una cultura que premia la fortaleza aparente y desconfía de la vulnerabilidad. Desde pequeños aprendemos que mostrar dolor, cansancio o necesidad puede interpretarse como debilidad. Así, poco a poco, vamos entrenándonos para sonreír aun cuando el corazón está herido.
¿Qué solemos responder cuando alguien nos pregunta “cómo estás”?
Casi siempre decimos “bien”. Lo decimos rápido, casi de manera automática. Aun cuando por dentro hay tristeza, preocupación, culpa o miedo. Es más sencillo cerrar la conversación que abrir el alma. Esa respuesta breve se convierte, sin notarlo, en una máscara que protege… pero también aísla.
¿Qué perdemos cuándo ocultamos lo que realmente sentimos?
Perdemos la oportunidad de ser acompañados, de ser escuchados y, muchas veces, de ser sanados. Hablar de bendiciones resulta fácil; admitir una herida requiere humildad y valentía. El orgullo, en ocasiones, nos convence de que debemos poder solos, cuando en realidad una palabra sabia o una oración compartida podrían ser el inicio de la restauración.
¿Dios espera que aparentemos estar bien todo el tiempo?
No. Dios nunca nos llamó a vivir fingiendo perfección. Su plan para sus hijos es la verdad que conduce a la libertad. Cuando ocultamos el dolor, no solo nos alejamos de los demás, sino también del Señor, porque levantamos barreras donde Él quiere obrar con gracia.
¿Qué sucede cuando guardamos el dolor por mucho tiempo?
Lo que no se expresa se acumula. Y lo que se acumula, con el tiempo, se enraíza. La amargura apaga la alegría, debilita la fe y endurece el corazón. No solo afecta a quien la guarda, sino también a quienes le rodean.
Entonces, ¿qué camino nos ofrece Dios?
El camino de la sinceridad. Cuando decidimos hablar con honestidad —primero con Dios y luego con personas de confianza— comienza la sanidad. La verdad no nos expone para avergonzarnos, sino para liberarnos.
¿Acaso Dios no conoce ya lo que sentimos?
Sí, lo conoce todo. Dios ve más allá de las palabras correctas y de las sonrisas bien ensayadas. Conoce el temor, la culpa, las heridas profundas que nadie más ve. Y aun así, no se aparta. Al contrario, se acerca con compasión.
La Escritura nos recuerda:
“El Señor está cerca de los que tienen quebrantado el corazón; rescata a los de espíritu destrozado.”
Salmos 34:18
¿Qué desea Jesús para nuestra vida espiritual?
No una fe de apariencias, sino una relación auténtica. Jesús no vino a condenar al que lucha, sino a restaurar al que se abre con humildad. Él sabe que reconocer la debilidad no es fracaso; es el lugar donde Su gracia actúa con mayor poder.
¿Qué nos está invitando Dios hoy a hacer?
A dejar la máscara. A presentarnos delante de Él tal como estamos. A confiar en que Su Espíritu puede sanar lo que está roto, aliviar lo que pesa y liberar lo que nos mantiene atados por dentro.
Desafío semanal
Esta semana pregúntate delante de Dios: ¿cómo estoy realmente?
Toma un tiempo de oración sincera y nombra aquello que has estado escondiendo. Si es posible, compártelo con una persona madura en la fe que pueda acompañarte… y recuerda: Dios obra con poder cuando dejamos de aparentar y elegimos caminar en la verdad que libera.
Dios te bendiga,
Coronela Evangelina Costen de Fernandez