No sé si te pasa, pero muchas veces somos durísimas con nosotras mismas. Nos exigimos más de lo que podemos sostener y nos cargamos expectativas que nadie nos pidió cumplir. Queremos hacerlo todo bien: ser buenas hijas, madres, esposas, líderes, servidoras, mujeres de fe ejemplar. Y cuando amamos a Dios con pasión, esa exigencia suele multiplicarse.
Queremos agradar a Dios en todo. No fallarle. Dar la talla. Ser un buen testimonio de integridad y santidad. Hasta aquí, el deseo es hermoso. Nace del amor. Nadie quiere fallarle a Dios. Ese mismo amor es el que nos impulsa a darlo todo por Él.
Pero entonces aparece la realidad… ¿Qué pasa cuando nos equivocamos? ¿Qué ocurre cuando descubrimos que no podemos sostener todo lo que nos propusimos?
Llega la culpa. La decepción con nosotras mismas. Esa sensación silenciosa de “no soy suficiente”. Y muchas veces pensamos que, además de fallarnos a nosotras, también le fallamos a Dios. Sin embargo, hay una verdad que cuesta aceptar, pero que sana profundamente: a Dios no le importan nuestras medidas de perfección. A Dios le importamos nosotras. Nuestro corazón.
Cuando escuchamos esto, algo dentro se resiste… ¿Cómo puede ser que a Dios no le importe que a mí me importe fallarle?. La respuesta es más liberadora de lo que parece: Dios no ama la versión idealizada que intentamos ser. Dios ama a la mujer real que somos hoy. Él ya tiene Su propia opinión sobre nosotras, y Su Palabra lo deja claro:
Nada en toda la creación podrá jamás separarnos del amor de Dios que está revelado en Cristo Jesús nuestro Señor. Romanos 8:39
Muchas veces adornamos tanto nuestra idea de Dios que olvidamos lo esencial: Dios es amor. No un amor condicionado, no un amor que se retira cuando fallamos, sino un amor que permanece. La Biblia lo dice con ternura y verdad:
El amor cubre gran cantidad de pecados. 1 Pedro 4:8
No son nuestros logros espirituales los que nos dan valor. No es “portarnos bien” lo que nos hace dignas. Dios sabe que vamos a equivocarnos. Sabe que habrá días en los que estaremos cansadas, frustradas o con ganas de rendirnos. Y aun sabiendo todo eso, nos eligió.
Jesús mismo nos recuerda el corazón de Dios cuando dice:
Mi propósito es darles una vida plena y abundante. Juan 10:10
Una vida plena no se vive bajo la carga constante de la autoexigencia. Se vive en libertad. Se vive aprendiendo a descansar en la gracia.
La próxima vez que saques esa “regla interna” para medirte y castigarte por no haber cumplido con todo (con el plan, con la rutina, con las expectativas) recordá esto: nadie te lo está pidiendo. Ni siquiera Dios. Él quiere que lo ames. Y que, como fruto de ese amor, camines en obediencia. Pero cuando te equivocás, Dios no se aleja.
Tal vez el camino de regreso sea más largo. Tal vez no salga como lo habías planeado. Pero siempre hay camino. Y si el plan original se rompe, Dios no se queda sin opciones. Él siempre tiene Plan B… y C… y D… hasta la Z, porque Su gracia no se agota contigo.
Disfrutá la libertad que Dios te regala. Su amor incondicional, disponible todos los días, a toda hora. Viví como la mujer que Él diseñó: libre, amada, sostenida por Su gracia. Soltá el juicio, dejá la auto-condena, y aprendé a descansar en esa valoración constante que Dios te ofrece hoy… y siempre.
Para tu corazón
Esta semana, identificá una exigencia que te estás imponiendo y que te está robando la paz. Llevála en oración delante de Dios y entregásela conscientemente. Pedile al Señor que te ayude a obedecer desde el amor y no desde la culpa. Recordá: la gracia de Dios no es un plan de emergencia; es el camino por el cual Él decidió acompañarte cada día de tu vida.
Dios te bendiga,
Coronela Evangelina Costen de Fernandez
Hermoso, gracias