¿Por qué a mí?

Hay días en los que vivir la fe parece sencillo. Oramos con confianza, leemos la Palabra con entusiasmo, sentimos que Dios está cerca y experimentamos Su bendición en cada paso. Pero también existen esos otros días en los que el corazón se llena de preguntas. La tristeza se instala sin pedir permiso, el miedo comienza a susurrar mentiras y la incertidumbre parece más fuerte que la esperanza.

A todos nos sucede. Tal vez hoy estés atravesando uno de esos momentos. Has orado, pero la respuesta aún no llega. Has esperado con paciencia, pero las circunstancias no cambian, y en medio del silencio surge una pregunta inevitable: ¿Por qué a mí?

La buena noticia es que Dios no ha dejado de escribir tu historia. Aunque hoy no logres comprender lo que está ocurriendo, Él continúa obrando. Muchas veces, aquello que parece el final de una etapa es, en realidad, el comienzo de una nueva temporada en la que el Señor está formando tu carácter, fortaleciendo tu fe y preparándote para lo que viene.

El profeta Isaías nos recuerda:

«Porque mis pensamientos no se parecen en nada a sus pensamientos – dice el Señor -. Y mis caminos están muy por encima de lo que pudieran imaginarse.» Isaías 55:8

La fe no consiste en negar la tristeza ni en fingir que el miedo no existe. Dios nunca nos pide que ocultemos nuestras emociones. La fe consiste en creer que esas emociones no tendrán la última palabra: Podemos llorar y seguir creyendo; podemos sentir temor y continuar caminando; podemos no entender lo que está ocurriendo y, aun así, confiar en el carácter de Dios.

Esta verdad queda reflejada de manera hermosa en el coro N.º 586 del cancionero del Ejército de Salvación:

Jesús, te sigo por la fe,
Tu gracia no me faltará;
y si el camino oscuro es,
Tu luz mi senda alumbrará.

No se nos promete un camino fácil. Tampoco se nos dice que desaparecerán las dificultades. Se nos recuerda algo mucho más profundo: la gracia de Dios nunca nos abandonará, y aun en los momentos más oscuros, Él seguirá alumbrando el siguiente paso.

La fe no elimina automáticamente las tormentas, pero transforma la manera en que las atravesamos.

Es como caminar de noche con una linterna. La luz no ilumina todo el recorrido hasta el destino; apenas permite ver el siguiente paso; y, sin embargo, eso es suficiente para seguir avanzando.

Así suele obrar Dios: no responde todas nuestras preguntas de inmediato, pero nos concede la luz necesaria para continuar un día más, invitándonos a confiar en Él paso a paso.

No olvides esta verdad: la fe mira más allá de lo que nuestros ojos alcanzan a ver y descansa en la certeza de que Dios siempre está obrando, incluso cuando parece guardar silencio.

Desafío para hoy

Si la tristeza, los problemas o el miedo han ocupado demasiado espacio en tu corazón, dedica unos minutos para entregárselos al Señor en oración. Luego recuerda al menos tres momentos en los que Dios fue fiel contigo en el pasado. Permite que esos recuerdos alimenten tu esperanza y fortalezcan tu confianza para creer que Él también está obrando en el presente, aunque todavía no puedas verlo.

Un abrazo de bendición.

Coronel Leonardo Fernández

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